Dos amigos decidimos animarnos a la locura. Con casi nada, salvo una enorme ilusión y muchas ganas, resolvimos que era ahora o nunca el momento de concretar nuestro sueño: recorrer el continente americano en moto. Ahí vamos.

jueves, 22 de enero de 2015

Gobernador Costa fue nuestro destino inmediato, tras partir de Perito Moreno. Pero al salir de este pueblo encontramos un negocio de venta de repuestos de moto, así que ahí nomás nos jugamos con los gastos y compramos los cuatro necesarios litros de aceite y en el taller del formoseño Jiménez (un muchacho que habitualmente trabaja en la mina de oro y plata de la zona) cambiamos el viscoso líquido y aprovechamos que nos prestó herramientas y el lugar para acortar las cadenas, que ya estaban recontra estiradas.
De ahí comenzamos la escalada, pasando por Río Mayo, previo ripio, hasta Gobernador Costa, donde pernoctamos en el camping municipal, por unos módicos 10 pesos por persona, mas otros 5 por una duchita, que José pudo aprovechar, ío no, porque cuando quise sacarle el jugo a los cinco mangos que deposité en las morenas manos de la administradora del lugar, el agüita se había esfumado.
De Gobernador Costa enfilamos mochos para Esquel, lindo lugar, pero de un nivel de costos no apto para dos motoqueros roñosos como nosotros, por lo que después de cargar combustible, comernos unos sanguchitos en el centro, y dar la vuelta del perro por la plaza, pasamos a nuestro próximo objetivo: Cholila, o mejor dicho, la bellísima Cholila, un pueblito enclavado en la montaña donde nos esperaban Demecio y Patricia, más conocida como “La Pato”, donde además de encontrar un poco de calor de hogar, nos comimos un tierno asado de “ternera” –el raro corte de tapa de pecho- y nos clavamos varias Iguanas, pa’menizar la tertulia. Para llegar a Cholila hay que desviarse unos 35 km de la ruta 40, pero el camino es verdaderamente una hermosura por sus paisajes. La verdad, es que dan ganas de irse a vivir a esos pagos (ya anduvimos averiguando precios de lotes y alquileres). El pueblito está a casi 80 km (mas o menos) de El Bolsón. La ruta 40 desde esa parte hacia el norte es realmente para disfrutar, salvo los tramos de ripio, pero eso es otra historia y a su manera (masticando tierra) también se disfrutan. En este pueblito “hipie” o “jipi” (según los cursos de la Policía Federal Argentina –Peter Capusotto-), solo nos detuvimos para disfrutar de unos verdes (léase mates) en la plaza y seguir rumbo a Bariloche, que también atravesamos sin detenernos demasiado, pues ya habíamos estado ahí más de una vez y es un quilombo. Así pues, decidimos pegarle hasta Villa la Angostura. En Bariloche compramos un pedazo de tapa de asado, una cerveza y una bolsa de leña, con la sana intención de churrasquear debajo de la primera planta que se nos cruzara en el camino. Lo cierto es que anduvimos con esas vituallas casi 30 km –haciendo equilibrio con las cosas para no perderlas- hasta que encontramos un camping a la orilla del lago. Mejor lugar no podríamos haber elegido (salvo por el costo, de 75 pesulis per cápita, que para nosotros, que veníamos pagando 10, resultaba descabellado –sobre todo para José, jeje-). Mientras las brasitas hacían su labor, el compañero armó las cañas de pescar y diligente rumbeó para el cristalino lago, para ver si anzuelaba algo para ofrecernos una opípara cena. Como era de esperar, no pescamos nada, por lo que ni bien el sol bajó, se puso la olla en el fuego y disfrutamos de unas exquisitas sopitas en sobre, más un cacho reseco de carne que había quedado arriba de la parrilla y que se salvó de milagro de ser engullida por unos perros que vagaban por el camping.  
Al otro día atravesamos Villa La Angostura, San Martín de los Andes y Junin de los Andes, para detenernos unos 25 km al norte de esta pintoresca ciudad, a la orilla de un caudaloso río, entre unos tamariscos y junto a un campamento de Vialidad. Cuando la marca extraordinaria de recorrer 40 km solo para buscar un par de birras parecía una proeza enorme y muy difícil de superar, pues el Jóse lo volvió a hacer y no solo eso, sino que superó su propio registro y anduvo 50 km con el mismo propósito, proveer al equipo de dos refrescantes Budweiser –las artesanales eran muy caras- más un “sabroso” paquete de salchichas. Yo, solito, armé la carpa, algo es algo no.
De ese solitario lugar de acampe, pusimos marcha rumbo a Chos Malal, otro punto fijado como meta para hacer noche. Ese tramo fue largo hasta Las Lajas, pasando por Zapala, donde como una excentricidad nos comimos, por fin, unas milangas con papas. Contentos porque llevábamos un ritmo parejo y todo hacía prever que llegaríamos temprano, como para buscar tranquilos un camping y comprar algo para masticar, paramos un rato a la sombra de un gran arco de rústica madera que anunciaba la proximidad de “Ciudad de Loncopué”. Después de unos minutos de boludeo, nos dimos cuenta que entre Las Lajas y Chos Malal no habíamos visto en el mapa ningún pueblo o sitio que nos llamara la atención como para hacer un alto, mucho menos una “ciudad”, obviamente. Nos miramos y sin decir palabras volvimos a chequear el trazado y, efectivamente, le habíamos pifiado de ruta. En concreto, hicimos 120 km al pedo, por lo que a Chos llegamos casi a las diez de la noche. Afortunadamente fue fácil ubicar el camping municipal y, más afortunadamente, a un carnicero que si bien ya había limpiado el mostrador, se apiadó de nosotros y nos cambió por unos pocos pesos un cacho de carne, que fue dignamente degustado como a la una de la mañana. Para esa altura del camino quien les narra esto llevaba ya dos noches durmiendo sobre el cálido piso, porque un diminuto e inhallable pinchazo inutilizó mi mullido colchón inflable. Recién dimos con el agujerito –no sean mal pensados- en Malargüe, pero la reparación duró lo que un suspiro, por lo que hasta el fin del viaje la precariedad fue la norma a la hora de conciliar el sueño. El tramo de Chos Malal a Malargüe es muy complicado, porque hay muuuuuucho ripio y en muy malas condiciones, encima las camionetas, principalmente, van como chicotazo y no les importa nada, por lo que así como hay que ir cuidándose de no salirse de la huella e irse de trompa contra el pedregullo, también hay que ir relojeando los toscazos mordidos por las ruedas de los autos y no recibir alguna en el mate.
A Malargüe llegamos a la miseria de tierra y para completar el panorama, la única nube que se dibujaba en el límpido cielo se posó sobre nuestras humanidades y descargó unos escasos milímetros, los suficientes para que quedáramos hechos unos adobones. En esta ciudad paramos en el camping municipal, el sábado por la noche, pagando “xincuenta” pesos (así escribió la recepcionista) y disfruté, por radio, del baile que ofreció la orquesta “Milito y Bou” al ritmo del “cuatro por uno”.
El domingo abandonamos la preciosa ruta 40 y comenzamos el retorno a tierras pampeanas, no sin antes detenernos un par de jornadas en San Rafael, más precisamente en el Valle del Atuel, donde disfrutamos del río y el lunes ofrecimos una fiesta por el cumpleaños de José, de la que participamos él y yo, comiendo un cojonudo y sabroso hasta el hartazgo medio chivo, bien regado.
De este pueblo por donde el Atuel pasa caudaloso y es aprovechado por las agencias de turismo para ofrecer sus servicios para la práctica de algunos deportes acuáticos, partimos el 20 rumbo a Santa Rosa, distante a casi 500 km. En el camino tuvimos algunos inconvenientes con una de las motos que fueron solucionados a lo argentino: con alambre. Ese sencillo elemento es a la mecánica, creer o reventar, como la cerveza al organismo: vital. Pasadas las siete de la tarde arribamos a Toay city, donde fuimos recibidos por la familia Rodríguez-Szelagowski (o como se escriba), con unas pizzas y mas cerveza.
Y así, queridos amigos, termina este nuevo recorrido en moto por nuestra querida Latinoamérica, en esta oportunidad, recorriendo poco más de 8 mil kilómetros por la misteriosa e inquietante Patagonia. Por lo tanto no queda más que despedirnos, agradecer a todos ustedes por la compañía y prometerles que ya vendrán otras crónicas y otras fotos, de otros viajes que ya están siendo craneados por uno de los integrantes de este equipo: “Naked” Jóse.
PD: las fotos están en el grupo de face (abierto para todos: ushuaiaidayvuelta).  Leer más...

martes, 13 de enero de 2015

 El Jóse, en Fitz Roy, felí.
 Barquito pirata en Puerto San Julián.
 Otra vez el Jóse, ahora unos kilómetros más adelante, en el acceso a Puerto Santa Cruz.
Mesmo lugar, distinto motoquero. Leer más...
 Costa de Comodoro Rivadavia, linda ciudad
El Jóse, en un simpático monumento en Caleta Olivia. Leer más...



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Ruta 40

Y si señores y señoras, amigos y amiguitas, tal lo esperado, ansiado y programado, después de dejar la isla (el 7 de enero), pusimos proa hacia el norte para remontar el final del continente, la inhóspita Patagonia, pasando una vez más por Río Gallegos (donde intenté comprar un buzo porque la única campera que llevaba me la olvidé en Ushuaia, pero no hubo caso, en el Carrefur al que fuimos solo tenían ropa para chicos, así que a remerita limpia –o no tanto- le encaré el fresco sur argentino) hasta arribar, como primera etapa, a La Esperanza. En total ese día recorrimos 400 km, 110 de ripio. Durante esa jornada el viento no fue una cosa que nos complicara la existencia, y como todo el viaje de ida por la Ruta 3 lo habíamos tenido en contra (literalmente en contra), pensamos que en la remontada lo íbamos a tener “acariciándonos” las espaldas. Pero las caricias se convirtieron en verdaderas cachetadas al segundo día, cuando camino a El Calafate nos castigó duro y parejo los 280 km hasta el glaciar Perito Moreno. A El Calafate llegamos al mediodía y lo primero que se divisa desde la mera entrada al pueblo es el aparatoso hotel de la presi, y para no herir susceptibilidades o levantar sospechas, preferimos no alojarnos allí y sí levantar la carpa debajo de una planta muy parecida a un tamarisco, a unos 50 km del glaciar. Pero eso de armar campamento fue a la vuelta de ver el hielito que, para qué les voy a contar, tienen que ir. Es de una “magnificencia” (esa fue la palabra del día de José, que usó cada vez que tuvo que describir el glaciar) que apabulla. Realmente nos quedamos con la boca abierta, más aún después de escuchar el atronador sonido cuando rompe y caen inmensos pedazos de hielo al lago (Argentino). El mirador del glaciar está a 70 km de El Calafate y el camino para llegar hasta ahí es hermoso. La entrada al parque cuesta 80 pesos y se llega hasta un amplio playón donde estacionan los vehículos. De allí salen combis gratis hasta las pasarelas, que recorren el bosque y el frente del cubito. La inmensa pared de hielo (de unos 50 metros de alto) se puede ver desde una distancia no mayor a los cien metros. Obviamente todos están (y nosotros no íbamos a ser la excepción) con el dedo en el gatillo de las cámara esperando ver caer un cacho de esa mole (obviamente, también, cae cuando uno esta pelotudeando mirando otra cosa y se pierde la foto).
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Ushuaia

Finalmente ese día y tras remendar la moto, a eso de las 8 de la tarde volvimos a salir para la frontera chilena (para porfiados, nosotros), pero después de andar una cincuentena de kilómetros, decidimos que lo mejor era desensillar hasta que aclare: acampar y reponer fuerzas, así que armamos la casita en el parque Laguna Azul (una belleza de lugar) para retomar la marcha el domingo. Cuando pasamos por el lugar del accidente, paramos para ver el pozo y a buscar el reloj que se me había saltado en el guascazo, por suerte lo encontramos. Y así amigos fue que nos adentramos en el vecino país, frío y ventoso, hasta el Estrecho de Magallanes (que debería llamarse estrecho de las toninas –una especie de delfín blanco y negro-, por la cantidad de esos bichos que andan por esas aguas), donde por unos módicos 110 pesitos un barcote nos cruzó hasta la isla, donde retomamos la difícil marcha hasta San Sebastián, primero, Río Grande, después, y Ushuaia, por fin.

En el fin del mundo recorrimos los lugares que nadie puede dejar de conocer, la cárcel, Bahía Lapataia (último punto hasta el que se puede llegar sobre ruedas), Playa Larga, sitios todos donde una fina pero persistente lluvia nos hizo de ingrata compañía. Disfrutamos una cervecitas en un bar irlandés, comimos cordero patagónico y algunos pescaditos, nos cagamos de risa de las cosas buenas y de las malas, y así seguimos. Hoy (miércoles) escribo esto en San Sebastián (límite en la isla entre Argentina y Chile), donde pernoctaremos y recobraremos fuerza tras una jornada con un viento como jamás en mi perra life había visto. Mañana queda el difícil tramo de ripio (si alguien sabe hacer masajes, prometo pagar cada sesión con sahumerios de El Bolsón y mermelada de rosa mosqueta de Cholila), y quizá, solo quizá, porque en estos viajes no se puede programar demasiado, también comencemos a remontar la encantadora ruta 40. Abrazo a todos y todas.


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Mas viaje, mas viento

Y así, como comiendo bichitos, nos fuimos adentrando en la patagonia rebelde, con un ritmo de marcha demoledor y sin mucho detalle para dar, ya que la ruta no da para demasiados comentarios, solo decir que es muy disfrutable (si no fuera por el constante viento del sur). Decidimos hacer campamento en Caleta Olivia, previo paso, obviamente, por Comodoro Rivadavia, una bellísima ciudad por lo menos desde lo que se ve al atravesarla siguiendo el recorrido de la ruta 3. Caleta Olivia está junto al mar y no hay mucho más que decir sobre ella. Ahí paramos en una estación de servicio y reanudamos la travesía hasta Puerto Santa Cruz (antigua capital de la provincia), no sin antes detenernos un buen tiempo en Puerto San Julián, con la peregrina esperanza de encontrar una fonda donde degustar los tan ansiados frutos del mar. El intento quedó en eso, porque no encontramos ni siquiera una panchería abierta. Ahí sí que no andaba ni el gato de Pirucha. En Puerto Santa Cruz, para no variar, armamos en una YPF las carpas, apuntando las puertitas a un tremendo cerro que corona el fin de la ciudad (pueblo, mas precisamente).
Decidimos al otro día arrancar bien temprano para intentar llegar durante esa jornada al Estrecho de Magallanes y poner pié en Tierra del Fuego. Todo fue viento en popa (sobre todo viento) hasta Río Gallegos (donde la presencia K se manifiesta en toda su magnitud con enormes carteles de él y ella a lo largo de la ancha y larga avenida de ingreso, de 25 km). Pero quiso el destino, amigos, que la jornada terminara de un gris renegrido, pues quien aquí les cuenta esto, salvó su mísera existencia de purito milagro (o, en paisano, de puro orto). No pensaba poner nada sobre el accidente para no preocupar a nadie (todos menos un par se enterarán de lo sucedido a través de estas líneas), pero coincidimos con el cumpa Jóse, que los viajes están hechos de cosas buenas y de las otras, y que así como contamos unas, también tenemos que contar las malucas.
 Un tropezón es caída
Lo cierto es que ese día, que habíamos madrugado como nunca y llevábamos un ritmo envidiable (íbamos a los pedos), y siendo las 3 de la tarde, mas o menos, a unos 60 kilómetros al sur de Río Gallegos y estando a apenas 9 de la frontera con Chile (ya lo teníamos, ya lo teníamos), en un puentecito que de lejos no representaba ninguna amenaza, de hecho José lo cruzó sin mayores inconvenientes, la rueda delantera de mi moto se incrustó en un pozo con tanta violencia que me arrancó el manubrio de las manos y comenzó a hacer un zigzag espantoso a lo largo de unos 15 metros, para luego irme de trompa contra el asfalto: yo por un lado y la moto por otro. Para que se den una idea, y no voy a exagerar, fui dando vueltas sobre el pavimento un tramo interminable (recuerdo que un par de veces me quise levantar pensando que ya había frenado pero lo cierto es que no hacía más que hacer más aparatosa la voltereta y seguía con la inercia del movimiento), para terminar, por fin, en lo hondo de la pedregosa banquina de mi carril. La moto, esto lo chequeamos después con José, terminó a unos 40 metros del puentecito bien en el medio del carril contrario. Tal fue el porrazo, que el traje quedó hecho jirones en los codos, la espalda, los antebrazos y los hombros (pedazos de tela desprendidos), y el pantalón con dos tremendos agujeros en cada cachete del culo, además de rajaduras en las rodillas. En conclusión, yo solo tuve un raspón en la cadera (con poca sangrita), pero con unos dolores corporales que aún hoy (a cuatro días del accidente) padezco enormemente, pero nada que no se pueda mitigar con un par de analgésicos. Ahhh me olvidaba, también en el casco quedaron las huellas del encontronazo con el duro pavimento, con rayones profundos en la frente y la mica partida. Gracias al cielo en el momento de la caída no venía ningún vehículo ni atrás ni de frente, porque sino otro hubiera sido el final. (Espero que mi vieja no lea este blog)
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Tal y como lo habíamos anunciado, el martes 30, tempranito, arrancamos la expedición hacia tierra Ona, no sin algunos contratiempos que surgieron a horas de la partida, incluyendo una caída brusca pero sin mayor gravedad que la que pueden significar un par de moretones, varios raspones y algunas heridas internas, dolores todos que fueron convenientemente mitigados con una batería de Actrones plus-ultra-recargados, tal como nos aconsejó la página web “eldoctorencasa.com.bel” a la que recurrimos para no gastar en consultas médicas, más allá de que uno de los pinchazos que sentía el amigo José indicaba que una costilla podría estar amenazando un pulmón. Nos aferramos sin demasiados argumentos al potencial “podría” y le metimos para adelante, total, pulmones tiene dos. Y no solo eso, también las máquinas amagaron con frustrarnos la salida, una de ellas, la de quien esto escribe, comenzó a perder aceite por uno de los barrales, por lo que visitamos la pagina web “mimotolaarregloyo.com.col” y, según los síntomas, inferimos (no estaban muy claras las especificaciones) que el desperfecto no era de gravedad, total, barrales tiene dos. También a escasos días de salir, un cajero automático me retuvo la tarjeta de débito, y como el señor link me inhabilitó cualquier maniobra on line, y me prometió que me daría un nuevo plástico pasados los diez días hábiles (que en diciembre fueron bien pocos), no me quedó más remedio que pedir plata prestada al sitio “otraveztebancoyo.ari.el” para solventar las minucias del recorrido. Pero eso no es todo, amigos, porque cuando apenas llevábamos recorridos unos 400 km, la moto del compañero comenzó a largar un raro humito del motor que primero no quisimos mirar, porque no sabíamos que hacer con él, pero que al poco rato debimos inevitablemente atender, porque el humo se había convertido en una humareda digna de atención. La primera conclusión fue, “se cagó el motor”, por lo que nos sentamos debajo de unos álamos a la entrada de General Conesa, a esperar que se enfriara el candente aparato para después meterle mano, que para nosotros esto se limita a medirle el aceite. En concreto el nivel del viscoso líquido estaba dentro de los paramentos normales (normales a vuelo de pájaro, porque las motitos vinieron sin ningún tipo de manual), así que ahí se nos quemaron los papeles en cuanto a revisión y detección de problemas. Si tiene aceite, metámosle, dijimos, total, que le puede pasar, si estos bichos funcionan a aceite y nafta. Cuando quisimos reanudar la marcha saltó el inconveniente: el encendido eléctrico no funcionaba, por lo que colegimos que de ahí salía el humillo. El problema lo solucionamos fácil: empujando la moto. Y así lo hicimos una decena de veces, es decir en cada parada en estaciones de servicio. Pero la “suerte” no duró mucho, porque unos kilómetros más adelante, en la gris Sierra Grande, en una de las tantas paradas, del motor, de la misma moto, comenzó a salir a chorros un líquido negro que no nos llevó mucho tiempo descifrar de qué se trataba: aceite (nunca vi nada tan parecido a un perro meando). La única solución técnica que se nos pasó por la cabeza, después de ensayar un par de puteadas en su mayoría a Zanella y MotoZuni (que nos vendió los bólidos), fue preguntarle a un playero por un taller, en lo posible de motos. “Siiii, llamalo al ‘Beto’”, nos propuso un viejito que no pudimos descifrar qué función cumplía en la estación después de estar varados ahí más de dos horas, tiempo en el que nos contó parte de su vida, principalmente su experiencia como minero en los socavones de hierro que ahora explotan los chinitos. (Ahhh cómo no se nos ocurrió llamar al “Beto”, dijimos, sin tener ni pajolera idea de quién es el “Beto”). Ya munidos del numerito de teléfono nos comunicamos con el ignoto mecánico, quien nos dijo “en media horita estoy ahí”. Y efectivamente, en un poco más de ese tiempo, el hombre apareció y con su ojo clínico y un pase de chamán diagnosticó “rotura de reten, sin vuelta de hoja”. Nos miramos con el Jóse y dijimos, “cagamos” eso suena a “hayquedesarmarelmotor”. Lo cierto es que llevamos la máquina hasta el taller del “Beto”, y en poco menos de dos horas la tuvo lista, improvisando soluciones con algunos repuestos de otras motos y con un poco de maña de autodidacta, todo eso mientras nos contó su vida, su experiencia como cantante de música melódica, de su pasión por el charango (por ahora en etapa de aprendiz), de pescador, de padre de nueve hijos, y de corredor de motocicleta, entre otras cositas. La verdad, un capo el “Beto”, nos sacó de un apuro y nos cobró re barato, a pesar de haberle cagado el almuerzo y la siesta. Así, después de cuatro largas y angustiantes horas en Sierra Grande, partimos nuevamente hacia el sur, teniendo como primer destino Puerto Madryn. El viento que sopló esa tarde nos hizo flamear hasta las más firmes convicciones (que no son muchas). La verdad que fuimos literalmente con las motos recostadas porque las ráfagas eran, no quiero exagerar,  de la gran puta. A media tarde decidimos hacer noche en Rawson, a donde llegamos tiritando de frío y con las primeras gotas mojando nuestras a esa altura doloridas humanidades. En una estación de servicio nos dejaron armar la carpa debajo de un estacionamiento, y para festejar el fin de año, compramos una docena de empanadas (media de jyq y media de poio) y una cerveza descartable, de todo lo cual dimos cuenta minutos después de las 21, para luego irse cada uno a su carpa (en mi caso carpita) a dormir y esperar el nuevo año. 
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viernes, 26 de diciembre de 2014

José, atravesando una tormenta plumífera
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Mensajito de fin de año, antes de la partida

Desafiando el dudoso pero inquietante dicho que aconseja que al lugar en que has sido feliz no debieras tratar de volver, y aferrándome al improbable de ese “tratar” es que, amigos y amigas, en un par de días estare (mos) saliendo para la refrescante Ushuaia, sin más pretensiones que llegar y, en lo posible, volver, y sin muchas cosas más en la mochila que el cariño de los amigos, el amor de la familia, algunos recuerdos, un puñado de esperanzas, pero sobre todo la seguridad –divino tesoro- de saber que alguien nos está esperando y a quien aburriremos con las anécdotas del viaje (esto os lo prometemos). Estas pocas palabras  van, pues, para esos amigos y amigas, hermanos y hermanas que cada vez que a uno se le ocurre la gran “ideota” de aventurarse por los indomables caminos no preguntan ni cómo ni cuándo ni en qué, sino que lo que primero les brota es “buenísimo, contá conmigo para lo que sea”.

No se si será la proximidad de la partida, la fecha/fiestas en que estamos o alguna sensiblería reprimida que ahora sale a flor de piel, que uno se pone un poco “maricotas” y dice lo que a veces no diría de otra manera ni en otra circunstancia (porque aunque parezca poco lo que se deja, es profundo e irremplazable). Así que cuando nos brotan esas mariconadas, damos por justificada la locura de apoyar el traste en el zanellesco asiento y encarar lo que se venga, para demostrarnos lo contrario a nosotros mismos (como si esto fuera necesario).


En fin, para quienes nos quieren, para quienes nos quisieron, para quien nos volvió a querer, para quienes nos querrán, a los amigos de antes, a los amigos de ahora, a los hermanos de siempre, que 2015 sea el “más mejor” de los años y nos encontramos a la vueltecita, no sin antes decirles que nuestro próximo contacto será ya desde las ventosas tierras patagónicas, así que no dejen de echarle una ojeadita, de vez en cuando, a este pretencioso blog. Abrazos a todos y todas. 
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jueves, 18 de diciembre de 2014

selección de fotos de Sierra de Lihuel Calel. Tengan en cuenta que estoy aprendiendo con una super máquina con muchos botoncitos, parámetros, combinaciones, niveles y otras yerbas que me están volviendo loco, así que algunas salieron quemadas, otras oscuras, otras, que por obvias razones no se publican, directamente no salieron. 















el que encuentre los guanacos tiene premio

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Esa cosita naranja que se ve atrás de la cosa azul no es la cucha del perro, es la carpa que adquirí con el magro presupuesto con el que dispongo. Pero José me dijo que si hace muuuuucho frío o diluvia, el me va a dejar guarecerme en su simil dos ambientes.
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desbocado festejo académico en Monte. Por suerte no hubo disturbios ni heridos que lamentar y el grupo de seis personas se desconcentró sin inconvenientes después de desgañitarse durante 17 minutos, seguido bajo la atenta mirada de un inspector de tránsito.

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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Tal lo anunciado en el grupo de facebook "ushuaiaidayvuelta", mudamos las notas y las fotos a este querido y entrañable espacio, para que no solo los amigos (que han comentado abundante y agradecemos el gesto) puedan acceder, sino que también aquellos no tan amigos tengan la posibilidad (nada prometedora) de mirar lo que andamos haciendo por ahí. En breve subiremos fotos (distintas a las ya publicadas, espero) y alguna que otra croniquita, teniendo en cuenta la proximidad de la partida. Leer más...
Ushuaia, de ida y vuelta
Como ya no me dolía tanto la cintura –lo peor había pasado- y el sommiers me estaba resultando demasiado cómodo, además vengo comiendo bastante bien y seguido, y los compromisos no son una cosa que en esta época me atormenten, me puse a pensar en cómo cortar este aburguesamiento citadino, y que no se me hiciera una insalubre costumbre. Y de tanto pensar apenas se me ocurrió por qué no hacer algo al respecto. Es decir, sólo se me ocurrió hacer la pregunta; la respuesta, queridos amigos, vendría después, unos cinco minutos después. Me voy a la mierda en moto. Claro, esa respuesta planteaba algunos interrogantes, entre ellos cómo hacerme de una moto para, justamente, hacer el viaje en moto. La solución cayó de arriba, o mejor dicho, del costado, porque mi vecino José, también un poco harto de muchas cosas –aunque esto es una suposición que me pertenece y de la que no me hago cargo- dijo “vamos juntos, yo te presto la plata para la moto y me la devolves después”.
Ante esa proposición, a la que sinceramente no pude negarme, y créanme que lo intenté (otros cinco minutos), claudiqué a la tentación de hacerme a la ruta nuevamente, con bólido nuevo, expectativas renovadas y estreno de compañero. Y fue tan así que en noviembre compramos las motos, las carpas, los colchones inflables, las muñecas inflables, las linternas, las ollitas y un limitado etcétera más. Las máquinas, para variar, no las conocíamos así que, como sucedió en el viaje a México con el camarada Ramiro, las elegimos sopesando precio y cilindrada, pero sobre todo precio. Del resultado de esa ecuación, sacada con el dedo en el aire, fue que adquirimos unas oscuras zanellas Naked 350cc de las que poco puedo decir en este momento, ya que no las hemos rodado mucho. A fuerza de ser sincero sabremos de qué están hechas cuando ya nos hayamos adentrado en la rebelde Patagonia, que será, si Dios y la Patria (pero fundamentalmente La Reforma) quieren, a fines de diciembre (con la fresca). La idea, no exenta de modificaciones de última hora, es recorrer la costa del Atlántico (por el lado firme, en lo posible) hasta el punto límite del continente, cruzar a Ushuaia, darle la vuelta, y retornar por la Ruta 40. Todo esto, que contado así parece una pavada, nos llevará a andar unos 6 mil kilómetros más o menos. El tiempo para la excursión, en mi caso, es de un mes, por razones estrictamente familiares (esto lo digo por vos, Malén). En lo que hace a mi co-equiper, José “Naked” Gelis, será lo que el Señor (dinero) disponga. Su idea, me atrevo a confesar sin su permiso, es remontar la América sin más barreras que la que le puedan poner los imprevistos del camino, aunque no creo que estos le puedan hacer flaquear demasiado. 
Pero bueno, queridos amigos, este contacto de inicio, de bienvenida, de presentación, de anuncio, de propaganda, de confesión, no es más que eso, un contacto de inicio, de bienvenida, de presentación, de anuncio, de propaganda, y fundamentalmente de confesión, porque al saberlo ustedes, no nos va a quedar otra que asumir el compromiso con la presión que implica abandonar el anonimato del emprendimiento. Esta vez, os prometo, no vamos a pedir nada a nadie (bah, sí, a algunos ya le hemos pedido bastante (esto lo digo por vos, Rodríguez Carámbula), ni, sospecho, haremos una peña para recaudar fondos (más allá de que algunos la exijan a gritos por el solo hecho de compartir un rato, una cerveza o escapar de la casa una noche), por la sencilla razón de que es un viaje medianamente corto, por el interior del país, y si llegado el caso nos quedáramos secos como pasas, no tendríamos más que telefonear a algún contacto (esto lo digo por vos, Ariel) o a la grúa del seguro (y esto lo digo por vos, Mercantil Andina). 
Así que, muchachos y muchachas, por este medio (que podría mutarse a blog, si se nos complica mucho) les haremos llegar alguna que otra crónica y muchas fotos que esperemos sean buenas (y esto lo digo por vos, compañera Fernández), para que ustedes, mate en mano y bajo la parra loca que cada verano los protege de “la calor”, abran su laptop, celular o Tablet, y recorran con nosotros, otra vez, algunos paisajes de nuestro querido continente. MT.

Cuestión de vida 

Qué decir o agregar. Solo una pequeña explicación a mi tan inmensa decisión, a partir de cosas que pasaron en mi vida (que no vienen al caso mencionar) y que me hicieron dar cuenta que la vida es muy corta para tanto postergar, es necesario dar un giro drástico y comenzar lo que espero sea LA AVENTURA de mi vida: viajar hasta que el cuerpo o la vida me diga basta, un pequeño bichito que cada vez se hizo más grande en mi interior y que ya no me permitía disfrutar mi vida, que a la vista de los demás era perfecta, al fin me pudo y conseguí, gracias al apoyo de la gente que tanto me quiere, poner en marcha tal proyecto o sueño, y empezaremos por Ushuaia en compañía de mi amigo Marcelo, después...solo el tiempo lo dirá. 
Sueño con viajar, siempre fue así, mi pasión, poder recorrer los caminos sin tiempo, sin nada que me ate a ningún lugar, y este es el motivo por el que no dude en emprender este viaje, siempre quise conocer el sur de mi país, y por qué no en moto. Y con un amigo. La propuesta llego en el momento justo en que decidí hacerlo. Soltar todo y comenzar una nueva vida. Después de todo, nunca es tarde.... ¿Y que nos impedía hacerlo? Solo el tiempo que necesitábamos para organizarlo, y el momento llego, solo queda ultimar detalles y esperar las vacaciones, pero ya está en marcha. A rodar se ha dicho. JG. Leer más...

sábado, 4 de septiembre de 2010

Despedida

Amigos, llegó la hora de la despedida. Me toca a mí escribir las últimas líneas de esta locura que empezó como un delirio entre las nubes del alcohol y se fue transformando acaso en el viaje más increíble, el más profundo de nuestras vidas. Sin duda somos otros; los mismos, pero bien distintos. Un amigo mexicano nos dijo que aún no nos caían los veinte de lo que habíamos hecho, que pasaría tiempo hasta que poco a poco fuéramos dimensionando todo lo que habíamos vivido, todo lo que nos habían dejado los 20 mil kilómetros recorridos de sur a norte, las más de cinco veces que cruzamos la cordillera de los Andes en un sentido o en otro, los impresionantes paisajes que nos rodearon, las decenas personas maravillosas que conocimos en el camino. Tenía razón. Y ahora que tocan estas palabras de despedida, no encuentro las más apropiadas para cerrar nuestros relatos.

Hace seis meses ni siquiera nosotros mismos estábamos seguros de que llegaríamos a destino. Habíamos aprendido a andar en moto apenas un tiempo antes, no nos habíamos trazado más que una línea imaginaria en un mapa impreso sin demasiados detalles, no sabíamos cuánto dinero necesitaríamos ni si la indumentaria que llevábamos era la adecuada. Todo lo fuimos aprendiendo sobre la marcha; incluso hasta qué punto podíamos desafiar a nuestra paciencia. Pero llegamos. Y llegamos a uno de los países más bellos, a una tierra generosa, con gente amable y paisajes increíbles. México es, sin duda, el mejor cierre que podíamos imaginar para un viaje como el nuestro.

La vuelta al Distrito Federal nos puso ante la realidad de que éstos eran los últimos días que nos quedaban de nuestra aventura y nos propusimos exprimir cada gota de sudor que hiciera falta para disfrutar de la inmensa riqueza de esta tierra. Caminamos a lo peludo caliente, fuimos en todas las direcciones por debajo y por encima de la ciudad en su impresionante red de metro, entramos a cuanto museo pudimos y buscamos como sedientos los murales del genial Diego Rivera para tratar de entender un poco más de la cultura y la historia mexicana.
Fuimos a la casa que compartieron él y Frida Kahlo en el hermoso barrio de Coyoacán, a pocos metros de la casa de Trotsky, viajamos hasta Teotihuacán, donde llegamos exhaustos a la cumbre de la pirámide del sol, subimos a la de la luna y nos quedamos maravillados con ese despliegue arquitectónico fenomenal y sus impresionantes esculturas de serpientes emplumadas.
Navegamos por las aguas de Xochimilco, la Venecia mexicana, en la que siguen intactas las islas (chinapas) que durante centenares de años fueron construyendo y ampliando desde los mexicas hasta nuestros días y entre las cuales se puede navegar en las trajineras, unas embarcaciones sencillas pero decoradas increíblemente impulsadas con una vara por un diestro piloto que se desentiende de uno mientras esquiva otras tantas trajineras, unas con parejas solitarias buscando un remanso para dar rienda suelta a su amor, grupetes de amigos celebrando cuanto se pueda imaginar, o simples turistas que, como nosotros, tienen los ojos desbodrados por tanto despliegue de colores.
Entre una trajinera y otra circulan marichis ofreciendo sus canciones para los más diversas ocasiones, barquitas con comida típica, kioscos flotantes y hasta fotógrafos con su equipo a la espera de inmortalizar un beso, un brindis o una sonrisa en ese lugar encantador.
Habíamos llegado a México buscando historia y no íbamos a irnos sin visitar el que es tal vez, uno de los museos más grandes del mundo por su tamaño y su colección de objetos: el Museo de Antropología e Historia de México.
Cuando contamos que lo recorrimos en un solo día, los mexicanos nos miraban con los ojos como el dos de oro. Nadie en su sano juicio lo haría en menos de tres o cuatro jornadas. Porque es inmenso, pero sobre todo porque es tanta la cantidad de cosas para ver que uno no puede creer que no se haya vaciado el territorio para exponer allí todo eso. Y lo increíble es que allí apenas se exhibe una mínima parte de lo que se puede encontrar en todo el país. Esculturas de todo tipo y tamaño, cerámicas más altas que una persona y más chicas que un dedal, códices mayas, restos de embarcaciones, de collares, de cascos, pecheras, tumbas, piedras de sacrificio... en fin, imposible de detallar.
Y el famoso calendario azteca, que ahí vinimos a saber que no es ningún calendario sino otra cosa que no entendimos muy bien, pero que es igualmente maravillosa. Impactados por todo, pero especialmente cuando nos sentamos ante esta colosal escultura, empezamos a tomar conciencia de que venía el momento en que nos separábamos, el momento en el que las palabras estaban de más porque a esta altura de lo compartido nos podíamos entender con apenas un gesto, el momento en el que decir algo tal vez enturbiara la magia de los momentos cuyos recuerdos empezaban a fluir de a uno y tomados de la mano por nuestras memorias.
Llegaba el momoento del abrazo, de la despedida. Sabíamos que cuando uno de los dos partiera, algo de todo esto concluía. Lo que empezó como una locura tejida entre dos, terminaría cuando uno de nosotros ya no estuviera y las complicidades se diluyeran entre las frías palabras de un mail.

De modo que también aquí se termina esta historia, la de este blog que nos tuvo hermanados con tanta gente amiga, tanta compañía a cada paso, a cada kilómetro recorrido. Sepan que siempre estuvieron allí y que si estas crónicas sirvieron a algún sueño, a despeñar algún impulso por las barrancas del entusiasmo, si logró empollar lo que siempre parece una locura hasta que se empieza a acometerla, pues entonces, queridos amigos, estaremos sintiendo la mayor de las satisfacciones, pues el único contagio que merece festejo acaso sea el de perseguir un sueño.

Nosotros, por nuestra parte, encontramos respuestas a preguntas que no sabíamos. Encontramos historia, encontramos paisajes, encontramos aventuras y desventuras, nos encontramos a nosotros mismos, pero sobre todo, encontramos gente linda. Eso, por sí solo, ya merece lo que hicimos.

Hasta pronto, amigos, hasta pronto.


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